Aventuras de Paulin en Costa de Marfil: aventuras con los Yacouba

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Edición ENCONTEXTO – María Celia Ropero Serrano – Capítulo 4

Al día siguiente, llegaríamos, por fin, a Sekreke; aún falta un poco. Pasamos por el lago Buyo, que es un lago artificial sobre el río Sassandra. Es muy largo.

Paramos a ver las aves playeras que vienen del parque nacional Tai , y para allá fuimos. Allá viven los animales en peligro de extinción: el hipopótamo pigmeo, el cefalofo de Jentink, el mangabey gris, el chimpancé, el bonobo, etc. Yo había visto las fotos de todos estos animales en la biblioteca, en una enciclopedia muy grande y que pesaba mucho. También hay elefantes, búfalos, monos, duíqueros, cebras, hipopótamos y leopardos, y muchas aves y especies vegetales. Y también, un centro de investigación. Estaba pensando que sería guay trabajar allí con los animales tan cerca. Me encanta verlos sueltos y felices por la selva. Decidimos pasar allí el día y dormir en el hotel que hay en el centro del bosque, y que tiene la forma de un pequeño pueblo. Lo visitamos entero; bueno, todo lo que se podía, porque había zonas en las que no podíamos entrar. Lógico. Se molesta a los animales, aunque están bastante acostumbrados a las personas, pero hay que andar con cuidado.

Hay ruidos y olores de todas clases. Los árboles tienen 50 metros, por lo menos, y los monos parten las nueces con una piedra. Es muy divertido verlos. Fatou se moría de la risa.

¡Qué bonito era todo! El sol se marchó y el cielo se llenó de colores. Nunca había visto tantas estrellas. Nos metimos en nuestra cabaña. Estuve un rato mirando al cielo, echado en mi cama y escuchando todos los sonidos de la naturaleza. Agradecí que no se oyera ningún claxon de coche. Aquello era formidable. No quería dormirme, pero, pensando en los monos, cocodrilos y los bosques de madera preciosas, me quedé dormido. Enseguida, me encontré en un bosque lleno de monos, hipopótamos y aves de muchos colores. No sabía cómo había llegado allí; todo estaba oscuro y se oían voces de cantos a mis pies. Bajé de prisa por un puente de lianas, desde lo alto de un gran árbol. Fatou me seguía entre risas.

¡Más despacio, Paulin! ¿Por qué vas tan deprisa? Quiero llegar a la fiesta de los Yacouba. Ya han empezado a danzar. ¡Venga, vamos, corre!

Fatou sabía bajar de los árboles por las lianas y los puentes, pero no corría tanto como yo, así que empecé a ir más despacio. Al fin, me alcanzó. Llegamos a tierra. Los Yacouba bailaban con sus caras pintadas, y las mujeres llevaban vestidos de telas de muchos colores. ¿Qué hacen, Paulin? Están calmando a los espíritus de sus antepasados y les piden protección. ¿Y les harán caso? Hombre, seguro que sí. Venga, Paulin. Vamos a bailar también.

Todos danzábamos al ritmo de los tambores, cubiertos con máscaras. Algunos monos nos miraban desde lo alto, sin inmutarse. A lo lejos, estaban sus cabañas. El más anciano de la tribu era el que gobernaba. Ahora llegaba otro momento de la ceremonia, el más importante. Los tambores tocaban más fuerte. ¿Qué pasa, Paulin? Me está dando miedo. Tú sigue danzando. Ahora los espíritus del bosque aparecerán detrás de la máscara de uno de los bailarines. Así podrán entrar en el bosque a trabajar sin que les molesten. Los espíritus de la aldea son sus amigos, y a los del bosque se los tienen que ganar.

¡Qué bueno! Pues a ver si aparecen, porque me duelen los pies. Parece que ya los han encontrado, porque han parado. Nos sentamos en torno a la hoguera y comimos con ellos. Como era una ceremonia importante, había cordero con muchas verduras y cocina con aceite de palma.

¡Está muy rico! ¡Me encanta! ¡Paulin, despierta! ¡Venga, a desayunar! Era la voz de mamá. ¡Vamos, perezoso! ¡Levántate!

¡Uf, qué pena! Con lo bonito que era el sueño. ¿Por qué me despiertas siempre en lo mejor? ¡Qué rabia! Bueno, puedes quedarte aquí toda la mañana mientras nosotros nos vamos. Mamá tenía la capacidad de convencerme; no sé cómo lo hacía. ¡Ya voy! ¡Espera a que me acabe de despertar, anda!

Me lavé la cara y, ya en el mundo real, me tomé mi desayuno. Recogimos todo y lo llevamos al coche. Me da pena marcharme de aquel lugar. Me encanta. Es el sitio perfecto para mí. Volvería; estaba seguro de que volvería. Además, ya habíamos pacificado a los espíritus del bosque, y me dejarían pasar sin problema. Allí construiría una cabaña y viviría con los Yacouba. Pero, de momento, no diría nada, que, a lo mejor, a papá no sé si le iba a gustar. No se lo diría a nadie, ni a Fatou, que seguro se lo contaba a mamá. Todo se lo contaba. Con ella no podía tener ningún secreto a salvo. A ver si crecía. Pero tenía a mi amigo Dani. En él si podía confiar.

Paramos a comer en Sassandra. El pescado estaba riquísimo y había langostas. Yo nunca había comido uno. ¡Vaya playas, llenas de palmeras y cocoteros! Eran muy largas, pero no te podías bañar. ¡Vaya lata! La resaca te llevaba.

Bueno, por lo menos descansamos. Estaba ya harto del coche. Qué ganas tenía de llegar y echar una carrera muy laaargaaa. Quedaba muy poco.

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