Día de los Muertos: el reencuentro con lo querido

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Dra. Laura Gutiérrez de Félix – Edición ENCONTEXTO – UNESCO – pueblosmexico – gustoporlahistoria – festivaldevidaymuerte – aboutespanol – masdemx

A lo largo de la Historia,   el paso de la vida a la muerte  ha sido un momento emblemático, que causa temor e incertidumbre para la mayoría de las civilizaciones.

Esto ha generado diversas creencias en torno a ese místico momento, logrando desarrollar toda una serie de ritos y tradiciones en torno a la muerte, sea para venerarla, honrarla, alejarla e, incluso, para burlarse de ella.

Para los mexicanos que nos radicamos en Ecuador, es un orgullo compartir nuestras tradiciones y raíces culturales, con el país que nos ha acogido profesionalmente y, donde muchos de nosotros, hemos formado nuestras familias.

Y comienzo dándoles a conocer que, en el 2003, la UNESCO proclamó a la fiesta mexicana del “Día de los Muertos”, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, resolución inscrita en el 2008. Muchos de ustedes se preguntarán: ¿en qué se diferencia la tradición del Día de los Muertos, en México, a la del resto del Continente? ¿Qué lo hace tan distinto y especial?

Para conocer un poco más, debemos retomar algo de la Historia Precolombina, cuando América estaba conformada por muchos grupos étnicos, con principios, raíces, creencias y tradiciones muy diferentes entre sí. Durante la Conquista, estos pueblos y culturas distintas  fueron   intervenidos   por España, que usó la Religión Católica, como herramienta clave, para someter   a la mayoría de los grupos étnicos del Continente, dando como resultado,   la extraña amalgama en riqueza y diversidad cultural que actualmente   identifica a los países Americanos, como   naciones independientes.

México, por su historia, es una nación multicultural, conformada por una gran variedad de etnias. Actualmente existen alrededor de 65 pueblos indígenas, que hablan entre 62 o más lenguas diferentes (dependiendo de la fuente consultada).  Por esta razón, tiene vastas tradiciones y acervo cultural en cada región. Éstas, a su vez, fueron transferidas y enriquecidas, de forma oral o en códices, por generaciones; después, se fusionaron con el Catolicismo.

La época prehispánica

El origen de la tradición del Día de los Muertos es anterior a la llegada de los españoles, quienes tenían una concepción unitaria del alma, que les impidió entender el que los indígenas atribuyeran, a cada individuo, varias entidades anímicas y que, cada una de ellas, tuviera al morir un destino diferente.

Dentro de la visión prehispánica de los Mexicas, que dieron origen a los Aztecas, el acto de morir era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán, el reino de los muertos descarnados o inframundo, también llamado Xiomoayan, término que los españoles tradujeron como infierno. Este viaje duraba cuatro días. Al llegar a su destino, el viajero ofrecía obsequios a los señores del Mictlán: Mictlantecuhtli (Señor de los muertos), y su compañera, Mictecacíhuatl (Señora de los moradores del recinto de los muertos). Estos lo enviaban a una de nueve regiones, donde el muerto permanecía un periodo de prueba de cuatro años, antes de continuar su vida en el Mictlán y llegar, así, al último piso, que era el lugar de su eterno reposo, denominado “obsidiana de los muertos”.

Gráficamente, la idea de la muerte como un ser descarnado, siempre estuvo presente en la cosmovisión prehispánica, de lo que hay registros en las etnias totonaca, nahua, mexica y maya, entre otras.

En esta época era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.

Para los indígenas, la muerte no tenía la connotación moral de la religión católica, en la cual la idea de infierno o paraíso, significa castigo o premio; los antiguos mexicas regían que el destino del alma del muerto estaba determinado por el tipo de muerte que había tenido y su comportamiento en vida.

Por citar algunos ejemplos: las almas de los que morían en circunstancias relacionadas con el agua, se dirigían al Tlalocan, o paraíso de Tláloc; los muertos en combate, los cautivos sacrificados y las mujeres muertas durante al parto, llegaban al Omeyocán, paraíso del Sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. El Mictlán estaba destinado a los que morían de muerte natural. Los niños muertos tenían un lugar especial, llamado Chichihuacuauhco, donde se encontraba un árbol, de cuyas ramas goteaba leche para que se alimentaran.

Los entierros prehispánicos eran acompañados por dos tipos de objetos: los que en vida habían sido utilizados por el muerto, y los que podía necesitar en su tránsito al inframundo.

La época colonial

En el siglo XVI, tras la Conquista, se introduce en México el terror a la muerte y al infierno, con la divulgación del cristianismo. Así, la Colonia fue una época de sincretismo, donde los esfuerzos de la evangelización cristiana tuvieron que ceder ante la fuerza de muchas creencias indígenas, dando como resultado un catolicismo muy propio de las Américas, caracterizado por una mezcla de las religiones prehispánicas y la religión católica.

La época actual

El sincretismo entre las costumbres españolas e indígenas originó lo que es hoy la fiesta del Día de los Muertos. Al ser México un país pluricultural y pluriétnico, tal celebración no tiene un carácter homogéneo, sino que va añadiendo diferentes significados y evocaciones, según el pueblo indígena o grupo social que la practique, construyendo así, más que una festividad cristiana, una celebración que es resultado de la mezcla de la cultura prehispánica con la religión católica, por lo que nuestro pueblo ha logrado mantener vivas sus antiguas tradiciones.

El altar es la máxima representación iconoplástica de la visión que todo un pueblo tiene sobre el tema de la muerte.

El altar de los muertos

En México los hay de dos, tres y siete niveles, cada uno con su propia representación y significado.

  • Dos niveles, que representan el cielo y la tierra
  • Tres niveles, que corresponden al cielo, la tierra y el inframundo
  • Siete niveles, que escenifican las distintas etapas que el difunto debe cursar, para llegar su alma al cielo que le corresponda, dependiendo del tipo de muerte que tuvo, a diferencia del catolicismo, que otorga el cielo en base al tipo de vida que llevó la persona fallecida.

Las ofrendas

Las ofrendas deben contener una serie de elementos y símbolos, que inviten al espíritu a viajar desde el mundo de los muertos, para que conviva -ese día- con sus deudos, y los ayuden a transitar para llegar al Mictlan o cielo.

Entre los elementos más representativos del altar, se hallan los siguientes:

  • Imagen del difunto. Honra la parte más alta del altar.
  • La Cruz. Es utilizada en todos los altares; es un símbolo introducido por los evangelizadores españoles y se coloca en la parte alta del altar, al lado de la imagen del fallecido.
  • Vírgenes y Santos, al que el fallecido era devoto
  • Copal e incienso. El copal es un elemento prehispánico que limpia y purifica las energías de un lugar y las de quien lo utiliza; el incienso santifica y purifica el ambiente
  • Papel picado, que es considerado como una representación de la alegría festiva del Día de los Muertos y del viento.
  • Velas, veladoras y cirios. Todos estos elementos se consideran como una luz que guía en este mundo. Son, por tradición, de color morado y blanco, ya que significan duelo y pureza, respectivamente.
  • Agua. Refleja la pureza del alma, el cielo continuo de la regeneración de la vida y de las siembras; además, un vaso de agua sirve para que el espíritu mitigue su sed, después del viaje desde el mundo de los muertos.
  • La flor de cempasúchil. Es la flor que, por su aroma, sirve de guía a los espíritus en este mundo.
  • Calaveras. Se las considera una alusión a la muerte y recuerdan que ésta siempre se encuentra presente.
  • Comida. El alimento tradicional o el que era del agrado de los fallecidos, se pone para que el alma visitada lo disfrute.
  • Pan. Es una representación de la eucaristía y fue agregado por los evangelizadores españoles, adornado con formas de huesos, en alusión a la cruz, para reemplazar los sacrificios humanos que se hacían -anteriormente- a los dioses.
  • Bebidas alcohólicas. Corresponden a las que eran del gusto del difunto: tequila, pulque o mezcal.
  • Objetos personales. Se colocan, igualmente, artículos que pertenecieron en vida a los difuntos, con la finalidad de que el espíritu pueda recordar los momentos de su vida. En caso de los niños, se emplean sus juguetes preferidos.

La Catrina

A finales de 1800, José Guadalupe Posada, de Aguascalientes (centro-norte de México), creó las Calaveras Garbanceras (por el dicho aquel de “garbanzo de libra y media”), haciendo una sátira de la sociedad de ese tiempo, para retratar la miseria, los errores políticos, la hipocresía de la sociedad, la desigualdad, todo lo cual dio origen a la Revolución Mexicana. Muchos años después, Diego Rivera incorporó las calavereas que vestían ropas de gala, bebían pulque, montadas a caballo o en fiestas de alta sociedad, mientras se encuentran ¡en los huesos!   Las volvió elegantes en sus murales, bautizándolas como las Catrinas (los catrines, en México, son el equivalente de los “pelucones” ecuatorianos).

Hoy son un símbolo de la mexicanidad. También, una crítica a los que, teniendo sangre indígena, pretendían ser europeos, disfrazando su propia raza, herencia y cultura. Con aristocráticos trajes de gala, la Catrina se ha vuelto un artefacto popular, y ha salido de los límites de los lienzos y grabados, para ser parte de la cultura viva mexicana, simbolizando lo mexicano y su posición frente a la muerte. Es artesanía que resalta la riqueza formal y espiritual del país, que se ríe y celebra la muerte.

Poema de Nezahualcóyotl

Nadie en jade,

Nadie en oro se convertirá:

En la tierra quedará guardado

Todos nos iremos

Allá, de igual modo.

Nadie quedará,

Conjuntamente habrá que perecer,

Nosotros iremos así a su casa.

Nezahualcoyotl

 

Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto:

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

Nada es para siempre en la tierra:

Sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

Aunque sea de oro se rompe,

Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

Sólo un poco aquí.

La cultura mexicana tiene su más colorida representación en la celebración de Día de los Muertos, festividad que se ha visto retratada en diferentes expresiones culturales, que abarcan todas las manifestaciones: desde el arte prehispánico, hasta el popular de nuestros días.

La muerte, en este sentido, no se enuncia como una ausencia ni como una falta; por el contrario, es concebida como una nueva etapa: el muerto viene, camina y observa el altar, percibe, huele, prueba, escucha. No es un ser ajeno, sino una presencia viva.

La metáfora de la vida misma se cuenta en un altar, y se entiende a la muerte como un renacer constante, como un proceso infinito que nos hace comprender que los que hoy estamos ofreciendo, seremos -mañana-, invitados a la fiesta.

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