El arte de hablar en público…no cualquiera lo tiene

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Virgilio Valero – gestusecuador@hotmail.com

Oratoria es el arte de hablar con elocuencia y ésta es la facultad de hablar o escribir de modo eficaz, para deleitar, conmover o persuadir.

Se concreta en: el discurso, la disertación, la conferencia, el sermón, etc. Pero todo apela a que logremos una comunicación efectiva del discurso a la audiencia a la que nos dirigimos. Por ello no debemos confundir retórica con “verborrea” o “charlatanería”.

Al comunicarnos se establece una relación entre: “emisor”, “receptor” y “mensaje”; pero hay que considerar no sólo el contenido que exponemos, sino también los rasgos culturales del público, el lugar donde se desarrolla la alocución y su propósito, para distinguir algunos tipos de oratoria: social, pedagógica, forense, política, religiosa, militar, artística, empresarial y, según lo hagamos solos o en equipo, hablaríamos de “oratoria individual o corporativa”, sin descuidar los objetivos básicos: producir goce, emociones y convencimiento al que escucha.

¡Confíe en usted!

Un aspecto de partida es el considerar la actitud del disertante, su confianza y seguridad, resultado de su capacidad, discernimiento y destrezas. Sin embargo, en algunas personas se produce el miedo al público, que genera respuestas físicas reales (resequedad en la garganta, temblores corporales, palpitaciones, sudoraciones, etc.) sea por el temor al fracaso, al enfrentar su primera experiencia o al qué dirán de los que lo observan. Así, el primer paso sería revestirnos de una actitud mental positiva, auto alentarnos efectivamente de que el resultado será exitoso, con la condición de transmisión, de entrega de lo que expondremos y no de solicitar aprobación. Tenemos que aprender a relajarnos.

Provoque una respiración pausada y profunda: inhale por la nariz, exhale por los labios, con los ojos cerrados, sentado o acostado; esto le ayudará a conectarse con esas ideas positivas.

¡Prepárese!

Elabore su discurso y léalo en voz alta algunas veces: incrementará su seguridad y podrá maniobrar el contenido en caso de imprevistos. Reconozca la audiencia: quiénes son, cuánto conocen del tema, sus propósitos (es una charla obligada o de elección libre), qué cuestionamientos podrían hacer con respecto al contenido. Conciba a su público a la justa medida: ni lo sobredimensione, ni lo minimice. Se trata de reconocer que la disertación no es un problema con enemigos imaginarios, sino un ejercicio concreto y real, que hay que producirlo y afrontarlo sin figuraciones que muchas veces surgen del propio desasosiego.

 

Ejercite su voz

Revisemos rápidamente estos elementos: cuando respiramos, inhalamos para tomar aire; al exhalarlo es que podemos hablar. La respiración que debemos utilizar al hablar en público es la diafragmática (la usan cantantes, actores, etc.), que permite expandir la parte inferior de los pulmones con el apoyo del diafragma.

Técnicamente, al momento de hablar, debemos reconocer nuestra capacidad vocal: esto es nuestra respiración, articulación, fonación y proyección.

El diafragma funcionará como una llave que regulará el aire que expulsa al hablar: si es con intensidad, el aire lo presionará; y si es despacio, se distenderá. Mientras más capacidad de inspirar logre, podrá hablar más tiempo y con mayor fuerza, sin extenuarse y sin riesgo de disfonías; tampoco cortará las frases innecesariamente, impidiendo que sus ideas se transmitan con claridad.

Articulación y Fonación: Todos queremos que nos comprendan mientras hablamos, para garantizar una comunicación óptima; para ello debemos lograr una dicción clara; existen mecanismos de articulación para garantizar una buena pronunciación de vocales y consonantes, asimilados por la fonética, que es el estudio acerca de los sonidos del idioma.

Fortalezca los músculos de su boca, pronunciando sin sonido, modulando vocales y consonantes del texto que expondrá. Expanda y contraiga los labios. Mueva circularmente la lengua por las paredes de su boca. Ahora, agregue el sonido y vocalice las sílabas procurando que suenen claras, sin gritar y sin forzar sus tonos. También puede morder un lápiz mientras lee, será un obstáculo y obligará a su lengua a moverse y ejercitarse. Lea y escúchese para que sus frases suenen completas y claras.

El lenguaje no es inalterable. Una mejor expresión y recepción del discurso requiere un ajuste a las tipologías idiomáticas del público receptor, según su nivel cultural, formas de hablar y vocabulario que éste entiende; evitemos usar exclusivamente regionalismos y errores de dicción que a veces no percibimos por ser parte de nuestra habla coloquial.

La impostación: Colocar el timbre de voz (tono personal) según las necesidades del público, lugar y su acústica, nos proporciona un discurso sin fatigas, aunque sea extenso. Adquirir un tono extraño hace que sonemos “acartonados” o recitativos. Reconozcamos nuestra voz en tres tonos: agudo, medio y grave. Pronunciemos el sonido de la “A” en múltiples formas, sin apretar, ni forzar, respirando con el abdomen; escoja la más vibrante y fácil para usted: ésta será su tono medio. Lea su escrito tratando de no desalinear ese registro y colocando diferentes distancias para lograr una buena proyección de la voz. Si hay micrófono, pruébelo previamente para que no sea ruidoso, ni su voz esté más fuerte o más débil de lo que realmente necesita.

Elocuencia: La eficacia para persuadir o conmover con las palabras, también se relaciona con la velocidad (rapidez o tiempo de exposición), las pausas y silencios del discurso. La velocidad se modifica según el temperamento del conferenciante, las condiciones y, principalmente, según la inquietud y opiniones que se formulan. Se sugiere exponer más lentamente a un público numeroso que a un auditorio pequeño. Al tocar temas abstractos, estadísticos, de reflexiones complejas, seamos más lentos. Tome en cuenta el matiz discursivo: una proclama política no es igual que una semblanza mortuoria o un reconocimiento por un premio; la velocidad se afecta emocional y temáticamente con respecto a la audiencia. Las pausas y silencios separan los conjuntos de ideas de un párrafo, para anticipar o destacar el contenido. No siempre las pausas ortográficas deben ser utilizadas en la interpretación del discurso, pues se refieren a una estructura literaria y no necesariamente a la intencionalidad de la idea o contexto del contenido. Use sólo las indispensables; su exceso puede devenir en aburrimiento de la audiencia.

 

Debemos cuidar nuestra herramienta, la voz, evitando fumar, el exceso de bebidas alcohólicas, la ingesta de líquidos muy calientes o muy fríos, y el cambio de temperaturas extremas; ejercitemos constantemente la respiración y la colocación. Hablar exclusivamente con la garganta puede producir nódulos en las cuerdas vocales que trastornarán nuestra proyección y matiz, hasta la ronquera y disfonía.

La expresión gestual y corporal

Ser vehementes no es exagerar la gestualidad. Es un error prefabricar “muecas” o “caras” para representar un determinado estado anímico del discurso. La sinceridad del manejo de las ideas hará que adoptemos la expresión justa al hablar; los ademanes afectados, la inercia o las gesticulaciones innecesarias, pueden distraer.

La libertad muscular es propia del orador que tiene capacidad de concentración y control de sus tensiones.

Adopte una postura erguida en el lugar adecuado; si necesita moverse, sea ágil y preciso para no marear al auditorio. Si debe estar sentado, evite inclinarse sobre la mesa o echar todo el peso de su cuerpo hacia atrás o cruzar las piernas.

Adecúe la actitud y postura según el tipo de sesión, el grado de formalidad y el tema a tratar.

La mirada es parte importante de la elocución: un contacto visual constante con el auditorio, posando los ojos en un punto central y balanceándolos mesuradamente de izquierda a derecha, evita que parezca que solamente se dirige a un sector o persona; si lee, no se concentre exclusivamente en las tarjetas o papeles. Evitar mirar al auditorio es manifestación de inseguridad o arrogancia y ambas son posturas no gratas para el que escucha.

 

Estos consejos son sólo orientaciones. No hay recetas: lo mejor es experimentar; eso le dará cada vez más seguridad y eficacia en el discurso. 

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