El poder de las palabras: ¡ten cuidado al usarlas!

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Edición ENCONTEXTO – Tomado del escrito de Carlota Fominaya – abc.es – Foto: Diseño por Freepick/Free License – Adaptación

«Las palabras son poderosísimas. Pueden llegar a determinar el rumbo de nuestro pensamiento y actitud ante la vida; incluso, nuestra salud y longevidad».

Esa es la teoría de Luis Castellanos y su equipo, expertos en neurociencia, y autores del libro «La Ciencia del lenguaje positivo», que nos explica cómo construir un plan lingüístico familiar y plantea que el uso de determinadas palabras o la ausencia de éstas, en el día a día, puede suponer la diferencia entre el éxito y la derrota en cualquier ámbito. 

«El lenguaje nos permite gestionar nuestra propia inteligencia», asegura. «Si dedicamos tiempo a cuidar nuestro cuerpo, a asearnos, vigilar nuestra dieta o hacer algo de ejercicio… ¿por qué no dedicarlo también a cuidar cada una de nuestras palabras?», se pregunta Castellanos.

La mayoría de nuestros deseos están centrados en mejorar nuestras circunstancias, pero estamos lejos de plantearnos mejorar nuestro lenguaje, que refleja nuestra existencia, nuestra historia, nuestras esperanzas: así somos, ¡así hablamos!

Al ser conscientes de nuestras palabras, nos damos cuenta de que no vemos el mundo tal y como es, sino tal y como hablamos. Cambiando su enfoque, podremos cambiar, ambicionar cosas más grandes, una vida mejor, con más bienestar, alegría y salud.

Hablar es habitar el mundo. Podemos cambiar el uso de las palabras…habitándolas, haciéndonos cargo de nuestros vocablos, de su destino, identificando las palabras que queremos que adquieran importancia en nuestra vida, aquellas que queremos «habitar», que ayudan a crecer; las que deberíamos compartir; las que nos ayudan a transformar nuestras vidas y a dar lo mejor que tenemos a las personas que nos rodean.

El lenguaje positivo busca dirigir nuestra atención y voluntad hacia el aspecto favorable de las cosas y de la vida. Tomar conciencia de ello es fundamental para escribir nuestro destino. Las palabras influyen en nuestra posibilidad de supervivencia pues, la expresión de emociones positivas, hace que nos fijemos y prestemos atención, a aquellos estímulos físicos y mentales, cada vez más relevantes, para llevar una vida duradera, plena y con el mayor grado de felicidad posible. Las funciones vitales del lenguaje positivo, ejercen una influencia creativa en nuestra mente y en las decisiones más profundas que tomamos. Nuestras decisiones lingüísticas crean nuestra historia.

Las palabras son hechos, ¡siempre! Tanto si haces lo que has dicho que vas a hacer, como si no lo haces. En el primer caso, mostrando un estilo de acción que genera confianza; en el segundo, generará otro tipo de respuestas. Este es el poder de las palabras.

También en el sentido negativo. La pareja, los padres o los hijos son los que suelen soportar los efectos devastadores del lenguaje de la ira. Es lo que José Luis Hidalgo, coautor del libro, llama el «Hulk en casa». 

El enfado desmesurado se propaga con mayor facilidad en los entornos íntimos, en casa, ese entorno más querido, terreno que sabemos seguro y donde no hay que fingir. Es un tema de confianza, y hacemos uso de ella,  Después del enfado, sabes que nadie se irá de casa, que te seguirán queriendo, y que todo quedará en un hecho puntual. Sin embargo, a menudo maltratamos a las personas que nos quieren bien, con nuestros gestos de fastidio, lenguaje descuidado, con palabras hirientes.

¿Cómo evitarlo, cómo reconocer y reconducir estas reacciones exageradas ante hechos insignificantes? Hay dos momentos claves: uno es «cómo llegamos a casa», y, el segundo, con reconstruir o reparar lo que, inconscientemente, hemos dañado.

En el primero caso, un pequeño gesto o señal de respeto, consiste en respirar profundamente, antes de girar completamente la llave; así accedemos a otra energía, a un escenario con otro ritmo, a un nuevo espacio. Es la pausa, el momento de silencio para ver, de verdad, a las personas que nos esperan.

Si ya Hulk hizo estragos, es importante cuidar nuestro diálogo interior y no culparnos en exceso, ni renegar más de la cuenta, o alargar -innecesariamente- la reflexión sobre las causas de nuestro comportamiento, pues eso no curará las heridas infligidas. Es mejor decir: «devuélveme lo que te he dicho; no era para ti».

Las palabras pueden curar, pero el silencio es asesino y se hereda de padres a hijos. Castigar con el silencio es más peligroso que con palabras.  Es un pozo sin fondo; no hay marcha atrás, pues se trata de un camino sin retorno cierto.

Es una variable muy temida de la familia de la ira, y más dañino que ella. Es casi imposible mentir cuando se habla enfadado: lo decimos mal, pero decimos lo que pensamos.  ¿Cómo eviatarlo?

Usar el tactoCon éste surge… la palabra.  Se lo ha comprobado muchísimas veces en las capacitaciones impartidas por el equipo: los alumnos a quienes privamos de la vista y dejamos sentados en soledad, se callan. Pero, al sentir la mano de un compañero, sin importar quién sea… empiezan la conversación. El resultado es igual, siempre. Sin duda, el tacto es la antesala del lenguaje verbal, de la comunicación fluida y sincera: el gran desatascador de las relaciones humanas.

Consejos para trazar un plan lingüístico en nuestro entorno familiar

1. Usemos más palabras con sentimiento positivoy hagámoslas visibles de algún modo: en los azulejos o en la nevera. Nos harán sentir muy bien, mientras compartimos un café o preparamos la cena. Es en la cocina donde pasamos más tiempo, tomamos decisiones y tratamos varios temas.

2. Sorprendamos con algún «detallito», música, algo rico para compartir o un post-it, con algún mensaje especial, eligiendo las palabras y el momento más eficaz: en un cajón, el bolsillo de un abrigo, debajo de una almohada o el parabrisas del coche.

3. Cambiemos el verbo «ser»y sus consecuencias que nos limitan, etiquetan y generan prejuicios, por el verbo «estar», «parecer» o «comportarse». Así, un «eres tonto» queda en un «estás tonto», condición temporal.

4. Digámonos cómo nos vemos desde lo positivo, mediante palabras, dibujos, cuentos, etc., con énfasis en las fortalezas de cada uno, para construir aquello que tenemos que mejorar.

5. Al decir «¿cómo estás?», vamos a sentarnos, apagar la tele y callar, anulando los prejuicios, argumentos o interpretaciones, que suelen ocupar nuestra mente.

8. Tener un calendario emocionalpara expresar nuestros sentimientos y poner palabras a lo que nos ocurre por dentro, propicia el conocimiento emocional compartido y nos capacita para convivir con esas emociones, creando ambientes protectores.

9. Más «síes» y menos «noes»; fijémonos más en lo que tienen y no en lo que les falta; anotemos logros, méritos y agradecimientos, haciéndolo saber de forma directa, sencilla, pública y abundante; equilibremos las incapacidades con las capacidades; convirtamos los imposibles en improbables; cambiemos la tendencia y empoderemos a las personas que nos acompañan en la vida. Saldremos realmente favorecidos.

10. Dar más importancia a la voz humanaLa tradición oral, escuchar algo que nos importa, de alguien que, incluso, no conocemos. La historia que se cuenta a la hora de dormir, convierte a nuestros hijos en más inteligentes: su inconsciente aprende y retiene nuevas palabras, incluso, giros complicados. Las que más captan la atención son las que hablan de nosotros mismos, de lo cotidiano, de lo que les sucedió hace tiempo a nuestros mayores.

«Castigar con silencio es más peligroso que con palabras…Y se hereda de padres a hijos»

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