Incorrección pedagógica: algo que nos falta revisar

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Félix Antonio Gómez Hernández, Profesor asistente de la Facultad de Educación Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia.  Edición ENCONTEXTO.

Es urgente cuestionar una serie de creencias y de actuaciones, “pedagógicamente correctas”, que se han convertido en obstáculo para el desarrollo educativo del país.

Integré el equipo investigador del estudio Rutas de Emergencia del Talento Docente y como en todo aquello en que invertimos nuestro tiempo, energía y anhelos, los resultados alcanzados no pueden dejarnos apáticos. O bien nos llenan de satisfacción, o bien nos dejan inconformes.

Haberlo llevado a buen puerto, no significa que hayamos dejado de ver los errores cometidos o lo que se pudo haber realizado mejor; significa que, no obstante los yerros, se cumplieron los propósitos buscados y que, además, se obtuvieron inestimables aprendizajes que no estaban previstos,  cuya particular y crucial naturaleza generó estas reflexiones, sobre «lo pedagógicamente correcto» o «la corrección pedagógica».

Al igual que su pariente cercano, «lo políticamente correcto», la corrección pedagógica busca no lastimar sensibilidades, no poner en duda verdades aceptadas acríticamente; no generar polémica y no despertar el enojo de ciertos sectores sociales. No alterar el statu quo, por lesivo o inconveniente que sea; no realizar comentarios o cuestionamientos salidos de tono, etc., todo lo cual impide que los procesos educativos puedan responder a las exigencias del mundo actual.

Esos aprendizajes, obtenidos de manera no intencional en la investigación, me hicieron reflexionar sobre lo pedagógicamente correcto de ciertas ideas, dentro y fuera del ámbito educativo:

a) La formación docente: quiénes deben ser aquellos que eduquen a los nuevos educadores.

Llamó mi atención el caudal de conocimientos que poseían algunos maestros; pero más, la manera como articulaban sus saberes sobre una o varias disciplinas, con el empleo educativo de las TIC y su conocimiento de cómo aprendían sus alumnos. Vi que estos docentes sobresalientes deberían, en algún momento de su carrera, ser formadores de las nuevas generaciones de educadores. Recordé cómo, en mi propia formación, había tenido maestros que nunca habían ejercido la enseñanza más allá de las aulas universitarias pero, no obstante, pontificaban sobre cómo enseñar determinada área del conocimiento, a niños o a adolescentes, sin conocer sus comportamientos y necesidades de forma directa, sino tan sólo por medio de teorías o investigaciones en las que ellos participaban, siempre desde la distancia. ¡Qué contraste más grande entre estos últimos y los profesores que iba conociendo a través del estudio!

Una cosa es ser un «experto» de escritorio y otra cosa muy diferente es jugársela a diario en un aula…en oportunidades, en condiciones económicas y sociales complejas, colaborando en la construcción de un mejor futuro para los niños y jóvenes que, por lo general, no la tienen nada fácil.

Es la perjudicial práctica, “pedagógicamente correcta”, de que nuestros futuros educadores sean formados por personas que pueden conocer muy bien diversas disciplinas, pero no han ejercido la docencia en contextos diferentes al universitario.

Los «expertos educativos de escritorio» defienden su quehacer: ¿acaso la formación de educadores no requiere de entendidos en diferentes campos, no necesariamente ligados a la pedagogía?, ¿acaso los futuros profesores no necesitan del conocimiento que pueden proporcionarles los investigadores por profesión? La respuesta es claramente afirmativa: nadie podría negar lo que retóricamente quieren mostrar. Lo que sostengo es que la mayoría del cuerpo profesoral que debe formar a los futuros educadores, debería estar conformada por maestros sobresalientes que, junto con su dominio disciplinar, posean conocimiento de primera mano de cómo aprende el alumno en los escenarios más diversos.

Para ser docente de una licenciatura o un posgrado en el área educativa, debería ser exigencia el haber ejercido la enseñanza, de manera ejemplar, durante un número determinado de años, en niveles diferentes al universitario. Con esto se ganaría, en primer lugar, que los estudiantes que desean desempeñarse como educadores, sean formados por aquellos que conocen de buena tinta el quehacer pedagógico; en segundo lugar, se aseguraría la calidad de los programas de formación docente; y, por último, se preservaría ese importante acervo de conocimientos y habilidades que van obteniendo, con su práctica, los docentes sobresalientes.

Esta tarea debe estar en manos de auténticos maestros, que han crecido en las aulas junto con sus alumnos, conociendo los sinsabores de desempeñar su labor en condiciones no siempre favorables; que ponen el acento más en cómo se aprende, que en cómo se enseña, que comprenden las necesidades de los estudiantes de diversas edades y condiciones socioculturales.

En otras palabras, en los programas de formación de educadores, se requieren más maestros y menos «expertos» de escritorio e investigadores por profesión. 

b) Aprender de aquellos que realizan bien su labor, sólo con escucharlos con verdadero interés

Existen valiosos conocimientos generados por los maestros que suelen malograrse, porque no se los visibiliza en grado suficiente, al no identificárselos oportunamente; y porque no se ofrecen las condiciones ni los instrumentos para su difusión. Este acervo no se refiere únicamente a lo disciplinar o lo pedagógico: también abarca saberes sobre aspectos y problemas que enfrenta la sociedad actual. Los docentes que hacían un uso excepcional de las TIC, dieron muestra, por una parte, de poseer una concepción amplia de lo que entienden por tecnología y de estar dando respuesta a la pregunta de cuál es la manera apropiada de integrar los avances tecnológicos a la sociedad, adecuándolos a las necesidades y expectativas de las muy distintas colectividades de jóvenes.

Los maestros generan, además de un saber pedagógico, nuevo conocimiento de orden práctico-social, que responde de manera directa a los retos del mundo contemporáneo, pues muchos de los educadores son sensibles a las exigencias y expectativas que emergen de ambientes y situaciones críticas.

Los espacios escolares son plexos donde se integran los deseos y esperanzas de las comunidades, pero también sus miedos y carencias.

c) La urgencia de buscar nuevas estrategias pedagógicas y políticas, que den voz al docente.

Esta producción aunque a veces pase desapercibida, logra imprimir su impronta en la cultura, vía el proceso educativo. No obstante, el costo de hacerla visible y otorgarle públicamente el valor que le corresponde, implicaría el reconocimiento de los maestros como constructores de saber y sujetos de discurso; es decir, admitir su condición de intelectuales, lo cual los ubicaría en un ámbito que se ha reservado, tradicionalmente, para otras profesiones y oficios que han  gozado de mayor respeto y valoración.

Este reconocimiento, además, supondría que en las decisiones políticas y administrativas que atañen a la educación y otras actividades de índole cultural,  habría que vincular a los docentes, no como invitados de piedra, sino como partícipes activos y dinámicos, con derecho a voz y voto enlas decisiones que atañen a su labor, lo que haríapeligrar el ejercicio del poder y la recompensa a los que están acostumbrados, desde las puramente materiales, a las más difusas de orden ideológico.

Esto explica la aparente contradicción que existe en muchos países de Latinoamérica donde, tanto el Estado como la empresa privada, dan muestras de un creciente interés por la educación formal, pero, al tiempo, prescinden de los maestros en el momento de trazar planes y diseñar políticas educativas. Hablan acerca de los docentes y a los docentes, pero hablan muy poco o nunca, con los docentes.

El entramado propagandístico que acompaña tales muestras de interés, reivindica en lo mediático la figura del docente, a la vez que  -solapadamente- los responsabiliza de muchos de los males del sistema educativo.

Esto socava las posibilidades de mejoramiento social, aunque pase inadvertido para el ciudadano de a pie.

Un llamado a abandonar el pensamiento «pedagógicamente correcto» y a aventurar nuevas formas de concebir el rol y la responsabilidad de la comunidad educativa, haciendo visible su aporte a la construcción de conocimiento y a la transformación social, en un mundo que se encuentra en constante cambio. 

NOTA DE LA DIRECCIÓN
El Gobierno del Presidente Rafael Correa emprendió una reforma profunda en todos los niveles de la educación en el país.  Tuvo una férrea resistencia de quienes preferían el statu quo del sector, aunque esto significara renunciar a la competitividad y a la excelencia educativa que se requiere para alcanzarla, sobre todo, en un mundo globalizado. Aplaudimos la iniciativa y sugerimos atender también, el aspecto de la preparación de los profesores, tomando en consideración el contenido del artículo que hemos compartido hoy con ustedes, pues creemos que se ha hecho un excelente trabajo y hay que fortalecerlo en este ámbito.

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