La geoingeniería: ¿ciencia ficción o realidad para frenar el calentamiento global?

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Edición ENCONTEXTO – Fuente: Tomado de escrito por EDUARDO PORTER – NY Times

Las noticias sobre el clima son alarmantes. Las temperaturas en algunas partes del Ártico han aumentado hasta 20 grados centígrados, sobre sus promedios históricos y el hielo marino cayó a su nivel más bajo. Las mayores temperaturas oceánicas ya han matado grandes tramos de la Gran Barrera de Coral australiana.

Seamos honestos. Si bien el uso de paneles solares y turbinas eólicas ayudan, las probabilidades de frenar o detener el calentamiento global eran poco realistas, incluso, antes de la elección del presidente Trump. Hoy son menos probables aún, pues Trump se está dedicando a destruir la estrategia del presidente Barack Obama para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahí es donde entra en escena la ingeniería climática o ecoingeniería.

Recientemente, académicos de las ciencias naturales y sociales, interesados ​​en el cambio climático, se reunieron en Washington para discutir una agenda de investigación sobre la posibilidad de enfriar el planeta, disparando aerosoles hacia la estratosfera o blanqueando las nubes, para reflejar la luz del sol hacia el espacio. Los aerosoles podrían ser subidos a jets militares y liberados en la atmósfera a una gran altitud. Las nubes del mar podrían hacerse más reflexivas, rociándolas con una fina niebla salina, extraída del océano. La estrategia, hicieron notar, podría ser indispensable para prevenir las desastrosas consecuencias del calentamiento global.

El dióxido de carbono, que la humanidad ha emitido durante décadas, está produciendo cambios en el clima, más rápidos y profundos de lo que se esperaba hasta hace poco. A menos que se descubra alguna tecnología que pueda reducir el CO2, a un costo razonable, -algo improbable para el futuro previsible, según muchos científicos- permanecerá allí durante mucho tiempo, calentando la atmósfera aún más. 

La prioridad inmediata es reducir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a cero, idealmente durante este siglo, y probablemente extraer una parte, para cumplir y, con suerte, superar las promesas hechas en la cumbre climática de París, en diciembre de 2015.

Aunque, según Janos Pasztor, director de la iniciativa Carnegie, sobre la gobernabilidad de la geoingeniería del clima (C2G2por sus siglas en inglés): “La realidad es que podríamos necesitar más herramientas, incluso si alcanzamos estos objetivos”.

Pero, el mundo no está reduciendo las emisiones con la velocidad suficiente para impedir que la temperatura mundial alcance niveles catastróficos. Esto reduciría el rendimiento de las cosechas y diezmaría la producción de alimentos en muchas partes del mundo; inundaría las ciudades costeras; produciría sequías en grandes tramos del planeta, y, literalmente, mataría de calor a millones de personas, la mayoría de ellas pobres.

La geoingeniería solar podría ser un complemento crítico para la mitigación y le daría tiempo a la humanidad para desarrollar la voluntad política y las tecnologías, que le permitieran lograr la descarbonización necesaria. Sobre todo ahora, que Trump aleja a Estados Unidos -el segundo emisor más grande del mundo, después de China de sus compromisos de mitigación.

“Si Estados Unidos comienza a retroceder o no avanza a la velocidad suficiente, en términos de reducción de emisiones, cada vez más personas comenzarán a hablar sobre estas opciones”, dijo Pasztor, también ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas.

Aunque muchos de los académicos reunidos en Washington expresaron sus dudas sobre las tecnologías de geoingeniería, hubo un consenso casi unánime sobre la necesidad de invertir más en la investigación, no sólo sobre enfriar la atmósfera, sino también en torno a los potenciales efectos secundarios de estas tecnologías, así como en los patrones climáticos de diferentes regiones del mundo.

Se sabe que el control de la radiación solar puede enfriar la atmósfera, pero los temores de que la investigación de campo se lleve a cabo como un despliegue de la tecnología a gran escala, han limitado la investigación al modelado de sus efectos por computadora y experimentos a menor escala en laboratorio.

La agenda de investigación debe incluir un debate abierto e internacional sobre las estructuras de gobierno necesarias para desplegar una tecnología que afecte, de golpe, a todas las sociedades y sistemas naturales en el mundo.

En otras palabras, la geoingeniería no debe ser abordada como ciencia ficción, sino como una parte potencial del futuro que podría existir en tan sólo unas décadas. “Actualmente, sigue siendo un tabú, pero uno que se está derrumbando”, dijo David Keith, un célebre físico de Harvard y organizador del cónclave.

Los argumentos contra la geoingeniería son -en cierto modo- similares a los que se hacen contra los organismos, genéticamente modificados, y los llamados alimentos Frankenstein: que equivale a alterar la naturaleza.

Pero, hay razones más prácticas para preocuparse ante el despliegue de una tecnología tan radical. ¿Cómo afectaría al ozono en la estratosfera? ¿Cómo cambiaría los patrones de precipitación? ¿Quién daría el primer paso?

Además, ¿cómo podría el mundo ponerse de acuerdo sobre el uso de una tecnología que afectará a los países de distintas maneras? ¿Cómo poner en una balanza el beneficio mundial de una atmósfera que se enfría, ante una enorme perturbación de la temporada de monzones en el subcontinente indio? ¿Estados Unidos estaría de acuerdo con este tipo de tecnología, si conllevara una sequía en el Medio Oeste de ese país? ¿Rusia permitiría que se usara si se congelan sus puertos del norte?

La geoingeniería sería lo suficientemente barata para que, incluso un país de medianos ingresos, pudiera desplegarla unilateralmente. Algunos científicos han estimado que el control de la radiación solar podría enfriar la tierra rápidamente, con una inversión de tan sólo cinco mil millones de dólares al año. ¿Qué pasaría si el gobierno de Trump dedicara únicamente en la geoingeniería los esfuerzos de Estados Unidos para combatir el cambio climático?

Al final, no funcionaría. Si los gases de efecto invernadero no se eliminaran de la atmósfera, el mundo se calentaría en un instante… en cuanto se acabaran las inyecciones de aerosol. Aún así, la tentación de combatir el cambio climático a bajo precio, mientras se continúa explotando los combustibles fósiles, podría ser difícil de resistir para un presidente que prometió revivir el carbón y ha mostrado poco interés en la diplomacia mundial.

Scott Barrett, economista ambiental de la Universidad de Columbia, presente en la reunión de Washington, señaló: “El principal desafío para el despliegue de la geoingeniería no es técnico. Es sobre cómo regularemos el uso de esta tecnología sin precedentes.”

Son consideraciones éticas, que deben ser tomadas en cuenta para cualquier programa de investigación sobre el manejo de los rayos del Sol. Quizá los investigadores no deberían aceptar dinero de un gobierno estadounidense que niega la opinión científica sobre el clima, para evitar deslegitimar la tecnología ante el resto del mundo.

La gente debe tener en cuenta la advertencia de Alan Robock, un climatólogo de la Universidad de Rutgers, quien argumentó que el escenario más pesimista, para un despliegue de la geoingeniería, culmina en una guerra nuclear.

La mejor manera de pensar en las opciones que tenemos es ofrecer un balance de riesgos. Por un lado están las desventajas que podría significar el uso de la geoingeniería; pero, puede que sean preferibles, a la perspectiva de un cambio climático radical.

Sería un error detener la investigación en torno a esta nueva herramienta tecnológica. La geoingeniería podría terminar siendo una mala idea por varias razones, pero sólo podremos saberlo si investigamos más.

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