¿Pueden los padres de hoy criar niñas buenas pero, también, niñas fuertes?

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Foto por Freepick/Free License - Adaptación
Edición ENCONTEXTO – Fuente: artículo de Jill Filipovic, para NY Times

“Si fueran niños, probablemente dejaría que jugaran un poco más lejos de la casa”, dijo mi padre de mentalidad feminista.

Mi hermana y yo estábamos furiosas: ¿cómo se atrevía a sugerir que nos trataría distinto si fuéramos niños?  

Como muchas millenials de clase media, encarnábamos un nuevo modelo de “niña buena”: bien portadas, con buenas notas académicas, deportistas, actividades extracurriculares y la esperanza de lograr una carrera exitosa.

Pero, el prejuicio de género de los adultos, delimitaría inevitablemente nuestros caminos o nos pondría en una dirección distinta –más difícil, menos fructífera– que a los niños de nuestro entorno.

Se supone que las niñas pueden ser lo que quieran, hoy. Pero la realidad les dice que conviene más ser dulces y pasivas y, al final, reciben dos mensajes contradictorios: sé fuerte y sé buena.

Las víctimas de acoso y violación no confrontan a sus abusadores ni levantan demandas inmediatamente, no sólo por miedo o vergüenza, sino porque las mujeres han estado condicionadas durante toda su vida a doblegarse ante la autoridad y el poder masculino.

Los hombres son criados para afrontar la toma de riesgos y las agresiones. Las mujeres aprenden a protegerse de los depredadores e internalizan el mensaje de que son inherentemente vulnerables. Generalmente, los niños no perciben sus propios cuerpos, como fuentes de debilidad u objetos de deseo ajeno. A las niñas les dicen que deben protegerse a sí mismas.

Los padres actuales dicen que quieren que sus hijas sean inteligentes, independientes y fuertes, pero también parecen preferir a los hijos. Aun sin intención, los adultos tratan diferente a niñas y niños, con ideas que están profundamente arraigadas: las niñas reciben elogios por portarse bien; los niños lo hacen por esforzarse.

Ser una “niña buena” significa sentarse tranquila en la escuela, seguir instrucciones, terminar las tareas y obtener buenas calificaciones. Esto explica la brecha de logros por género en educación.

Las niñas también son criadas para ser más inteligentes y competentes emocionalmente y verbales que los niños. Los padres les cantan más a las hijas que a los hijos, y el lenguaje que usan con las niñas es más analítico y emocional. Con los niños, son más físicos y más propensos a jugar rudo. En la juguetería, las niñas aún son llevadas, directamente, hacia el “pasillo rosa” de bebés de plástico y princesas. Aprenden a responder a las necesidades de otros; esto no es malo, pero puede convertirse en servilismo. Así, son las mujeres adultas quienes terminan sirviendo de cuidadoras para hombres adultos, tanto en casa como en su trabajo.

Este buen comportamiento les puede costar caro a las niñas en el futuro, especialmente en campos como el tecnológico, donde se aprecia la asertividad y la creatividad, o en funciones de emprendedores, a quienes se recompensa por tomar riesgos.

Aunque la biología desempeña un papel en el desarrollo y pueda influir en las preferencias por género, somos criaturas fundamentalmente sociales, que construimos nuestra identidad en relación con nuestras familias y comunidades. Cualquier diferencia natural muchas veces, se inventa debido al modo en que nos crían.

En lo laboral, ser consideradas asistentes y no jefas, socava a las mujeres y la percepción sobre sus capacidades. Esto es aplicable también para el caso contrario: las mujeres que se rehúsan a tomar el papel de asistentes, son consideradas difíciles, lo que impide su desarrollo profesional.

Además, muchas mujeres soportan el acoso en el trabajo, dinámica dictada por el poder y el privilegio masculinos y permitida por la expectativa de la obediencia femenina.

¿Qué pueden hacer los padres para criar por igual a sus hijas e hijos? Criar hijos sin roles de género y expectativas, parece funcionar bien para esos niños, pero en ciertas sociedades.

Empecemos con mirar hacia nuestro interior. Muchos padres dicen que quieren que sus hijos e hijas sean tratados de manera igual dentro y fuera de casa, pero sus acciones no coinciden con sus palabras. En más de una cuarta parte de familias estadounidenses, la madre es la cuidadora de los niños a tiempo completo; los maridos son menos propensos a ascender a colegas mujeres; y cuando los hijos de estas madres crecen, es menos probable que ayuden en sus propias casas. La mitad de hombres jóvenes piensan que el hombre es el proveedor y la mujer debe quedarse en casa.

Cuando los niños ven a los hombres que los rodean en puestos de poder en la oficina y descansando en casa, mientras las mujeres preparan almuerzos, planean fiestas de cumpleaños y agendan citas, internalizan que los hombres dirigen y las mujeres ayudan. De acuerdo con un estudio, casi un cuarto de adolescentes de sexo femenino y el 40% de adolescentes de sexo masculino, dicen que los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres. Niños y niñas prefieren a las mujeres en roles femeninos tradicionales.

La gran diferencia sería criar a nuestros hijos, fomentando la bondad y el cuidado de otros; no sólo decirles que respeten a las mujeres, sino demostrar la igualdad, el afecto y las habilidades emocionales masculinas en casa. Si los adultos enseñan a las niñas a protegerse de los Harvey Weinstein del mundo, eso no ayuda a cortar la oleada de Weinsteins. Criar a nuestros hijos de manera distinta, sería más efectivo.

Los padres deben enseñar nuevas formas de cuidarse a las niñas: decirles a mamá y a papá si alguien nos toca donde no debiera; conforme crecíamos, nos armaron con rociador pimienta, nos recomendaron traer siempre dinero para el taxi, no dejar nuestras bebidas desatendidas, y de que “no, es no”. Algunos consejos son buenos y el impulso es comprensible.

No obstante, las niñas no aprenden cómo ser las únicas dirigentes de sus propios, perfectos y poderosos cuerpos, de habitar felizmente su propia piel, en lugar de verse a sí mismas como objetos que pueden ser evaluados y, con suerte, aceptados por otros—; de sentirse merecedoras del sexo que activamente desean por sí mismas, en lugar de estar sólo en la posición de aceptar o rechazar las proposiciones masculinas. No se nos permite expresarnos con furia o, alguna otra emoción poco femenina, cuando nos maltratan.

¡Con razón nos tratamos de disculpar educadamente de los hombres acosadores… en lugar de responder con la ira que merece el acoso!

Debemos estar conscientes de que los prejuicios existen, y aprender a lidiar con ellos, de frente, en lugar de pretender que no están ahí, pues muchos piensan que el sexismo es algo del pasado.

Veinte años después, valoro la honestidad de mi padre. Primero, expresó en voz alta sus propios prejuicios, reconociendo que, a pesar de sus mejores intenciones, quizá estaba predispuesto a tratar a sus hijas de modo distinto de lo que trataría a sus hijos.

Después, no sólo hizo lo posible para protegernos, o para decirnos que nos protegiéramos, sino para empujarnos a caminar un poco más lejos en el mundo.

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