Soberanía en la era de la globalización y otros conceptos

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Juan Carlos Faidutti – Edición: ENCONTEXTO – Fuente: Expreso – Wikipedia – Significados

Existen gobernantes que aun sostienen la tesis de que los estados ostentan el poder soberano y que no existe un poder por encima del que tiene el Estado.

Sin embargo, con la globalización, la mayoría de los internacionalistas establecen que ese concepto de soberanía ya no existe. Pero, comencemos definiendo qué es la globalización: un proceso histórico de integración mundial en los ámbitos político, económico, social, cultural y tecnológico, que ha convertido al mundo en un lugar cada vez más interconectado.  Fue el resultado de la consolidación del capitalismo, de los principales avances tecnológicos y de la necesidad de expansión del flujo comercial mundial.

La ruptura de las fronteras, en términos económicos y de comunicación, generó una expansión capitalista en la que fue posible llevar a cabo transacciones financieras y expandir los negocios, hasta entonces limitados hacia otros mercados distantes y emergentes.  Este proceso ha modificado la forma en que los mercados de los diferentes países interactúan y su impacto varía en función del desarrollo de cada nación.

Con los organismos internacionales y en la suscripción de tratados, los estados se imponen condiciones de convivencia. Es absurdo, entonces, hablar de soberanía absoluta, pues ella está compartida.

Un ejemplo visible es la Unión Europea, en la que sus integrantes han cedido su libertad e independencia en áreas, como la economía e incluso se habla de la creación de entes supraestatales. Por muchas razones, el concepto de soberanía ha evolucionado. Los derechos humanos, el medio ambiente, los recursos transfronterizos, el comercio internacional o los crímenes internacionales, son temas que cuestionan claramente el concepto, porque escapan de la esfera de competencia de un solo Estado y su soberanía, ya que gran cantidad de estados han aceptado someterse a algún tipo de sanción, cuando se violan esos derechos que se han comprometido a respetar.

La soberanía compartida.

Un tema muy claro para entender esto de la soberanía globalizada, es el derecho deportivo. Si nos remitimos sólo a las normas de fútbol, creadas por la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol (FIFA), ¿quién ha cuestionado las normas sobre transferencia de jugadores creadas por la FIFA? Otro caso es la Internet. Mucho se ha hablado y escrito sobre este fenómeno de comunicación, que es trans territorial y que tiene sus propias normas de funcionamiento. En cuanto al sistema financiero, las instituciones financieras internacionales (FMI, BM, entre otras), imponen normativas de facto a los estados destinatarios de los créditos. Además, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) han ejercido una gran influencia en la creación del derecho internacional, proponiendo la creación de normas convencionales, como las referentes a la tortura o la prohibición de minas antipersonales. Significa que no se puede alegar la soberanía interna para no cumplir los viejos estándares mundiales de la soberanía absoluta. Igualmente, nos referimos al medio ambiente, los derechos humanos, el derecho humanitario internacional, el derecho penal internacional.

Podemos concluir que la soberanía, ese concepto medieval, no ha desaparecido, sino que se ha transformado dramáticamente, a la par de las relaciones internacionales del siglo XXI, que están caracterizadas por un desarrollo impresionante de la sociedad.

Mientras existan los estados y, dentro de ellos, una asimetría, no es posible pensar que desaparezca la soberanía, ya que ella es un dique para contener las acciones del fuerte contra el débil.

Pero existen posiciones absurdas, como decir que Venezuela no puede ser sujeta de medidas por parte de los estados u organismos internacionales, por respeto a su soberanía. Por pretender respetar principios obsoletos, ya han muerto miles de seres en el mundo: los países americanos no pueden mirar impávidos que un grupillo de delincuentes y narcotraficantes, se canse de destruir un país como Venezuela. Lo mismo puede suceder con Corea del Norte, cuyas medidas no afectan a uno o dos estados, sino a toda la humanidad.

Por haber mantenido ese criterio, en el siglo pasado se cometieron crímenes inauditos, como los sucedidos en África, por enfrentamiento entre tribus, problemas en los que muchos estados no quisieron meterse y sólo Naciones Unidas mandó los llamados Cascos Azules, que poco o nada pudieron hacer.

Como el lector puede considerar el tema bastante abstracto, quiero traer un ejemplo que todos conocemos: el problema que vive la Federación Ecuatoriana de Fútbol con el que fue, hasta hace poco tiempo, el director técnico de la selección nacional. No quiso renunciar y exigió que se le pagara hasta el último centavo, de acuerdo a las cláusulas que existían en su contrato. Él sabía que no tenía que recurrir a los jueces de la República, como cualquier nacional. Simplemente, tendría que dirigirse a la Conmebol y, ésta, como organismo supranacional, ordenaría su pago. ¿Dónde queda la soberanía absoluta?

La solución la tienen los venezolanos

En América tenemos dos organismos regionales, una Carta Democrática Interamericana y varios organismos subregionales, todos ellos, con el fin de defender el sistema democrático como forma de gobierno de los países que lo conforman.

Recordemos que la Carta de la OEA la suscribieron los países americanos en Bogotá, en 1948, con la finalidad de reafirmar el sistema democrático de todos nuestros países del continente, estableciendo así, una barrera para el ingreso del comunismo.

La Carta se inició con un mal augurio: El Bogotazo. Al poco tiempo, Cuba se declaró comunista. La OEA suspendió a este país como miembro… y no pasó nada, pues la entonces Unión Soviética se hizo cargo de ella, pues le permitía estar a pocas millas de los Estados Unidos. A los pocos años, una buena parte de países cayó en manos de los militares, se impusieron las dictaduras… y nada pudo hacer este organismo continental.

Después de la dictadura de Fujimori, se presentó un proyecto para reafirmar el sistema democrático en el continente. Se aprobó la idea general en la Cumbre de Québec, Canadá, y se encargó al Consejo Permanente de la OEA su redacción definitiva.

En Lima, también con malos augurios, se aprobó la llamada Carta Democrática Interamericana, suscrita el mismo día y hora en que se producía el acto terrorista contra las Torres Gemelas en Nueva York.

La Carta vuelve a reafirmar que el ejercicio efectivo de la democracia representativa es la base del Estado de derecho y los regímenes constitucionales de los estados miembros de la Organización de los Estados Americanos. Que son elementos esenciales de la democracia, entre otros, el respeto a los derechos humanos y la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto, etc.

La Carta señala -desde su art. 17 hasta el 22-, el procedimiento que se debe seguir, cuando el gobierno de un Estado miembro considere que está en riesgo su proceso político institucional democrático, o su legítimo ejercicio del poder.

Si todo el procedimiento establecido se ha llevado así, por ejemplo, la convocatoria a la Asamblea General a un período extraordinario de sesiones y ésta constata que se ha producido la ruptura de un Estado miembro y que las gestiones diplomáticas han sido infructuosas, se tomará la decisión de suspender a dicho Estado del ejercicio de su derecho de participar en la OEA.

En el caso de Venezuela, estando muy claro el momento que vive ese país, las sesiones de la OEA se han convertido en enfrentamientos, donde los diplomáticos, perdiendo su compostura, se dicen horrores y, en definitiva, no se llega a nada. Mientras tanto, el presidente Maduro se da el lujo de amenazar con retirarse voluntariamente de la OEA, ya que -políticamente- no le representa ningún beneficio mantenerse en este organismo. Aunque Maduro tiene todos los poderes, se ha dado el lujo de negarse a cumplir las resoluciones que toma la Asamblea de su país, que fue electa democráticamente y en la que la oposición tiene una amplia mayoría.

Con todas estas condiciones, los venezolanos sabrán si logran convencer a los militares y enfrentar a las brigadas chavistas, para tumbar a la fuerza a Maduro u obligarlo a convocar a elecciones. Son ellos los dueños de su desatino. (¿Destino?) Deben estar seguros que nadie de afuera les dará la mano.

Felipe González, la figura estelar de la izquierda democrática en el mundo, y su colega Rajoy, intentaron intervenir, pero fracasaron como mediadores en el problema venezolano. Posteriormente, ellos le pidieron al secretario general de la OEA, Luis Almagro, que aplicara la Carta Democrática Interamericana.

A Almagro le ha correspondido mirar los desafíos que plantearon a la democracia, la destitución de Dilma Rousseff, en Brasil, el recrudecimiento de la crisis política y económica en Venezuela, la espera del regreso de Cuba a la organización, el proceso de paz de Colombia y la iniciación de la construcción del muro en la frontera con México.

Sobre los más acuciantes problemas que vive América, Almagro se ha pronunciado sin atreverse a usar los documentos que tiene en sus manos.

Sobre el muro, se limitó a sostener que es una barrera entre Estados Unidos y América Latina. Considera que los 15.000 millones que cuesta construir la valla, podrían ser usados -como contribución-, para eliminar las causas de la migración latinoamericana a los Estados Unidos.

En cuanto a los sucesos de Venezuela, opina que ha entrado a una fase de deterioro final. Las mesas que se armaron para buscar soluciones no han cumplido ninguno de los objetivos. No se ha podido devolver los poderes a la Asamblea Nacional. Maduro no rindió cuentas ni se aprobó el presupuesto, facultades que le correspondían al Parlamento.

A todo esto debe sumarse los juicios -en Houston- por los casos de corrupción de PDVSA y los de Nueva York, por el caso de narcotráfico de los sobrinos de la pareja presidencial, síntomas de deterioro que manejan muy bien los gobernantes, sin poner en peligro el mandato de Maduro.

Dice Almagro que meten presos a quienes quieren, cuando quieren, y liberan a quien se les ocurre, cuando se les ocurre. El secretario general de la OEA reconoce que, en lugar de liberar a presos políticos, hay nuevos encarcelamientos.

Es decir, en Venezuela hay avasallamiento de los derechos civiles y políticos de las personas por la expresión de sus ideas.

El resumen que ha hecho Almagro es motivo más que suficiente, para aplicar la Carta Democrática Interamericana que, no siendo un elemento coercitivo, por lo menos puede hacer que el Gobierno venezolano entienda que no puede seguir abusando de la fuerza que utiliza para mantenerse en el poder. Lo lamentable es que buena parte de los gobiernos americanos se encuentran callados, seguramente con el pretexto de no intervenir en los asuntos internos de otros países. Sin embargo, debemos recordar que la Carta Democrática Interamericana fue elaborada con mucho cuidado y se evitó imponer sanciones a los estados que la violaran.

Simplemente, se los suspendía en sus derechos hasta que volviera a imponerse el sistema democrático que los países miembros consideran es la forma de gobierno que debe regir en la región.

¿Y Unasur? Aparte de su elegante edificio, en un asunto tan de la región, como es el caso de Venezuela, no se ha podido hacer nada para buscar una salida a un país que es un caos completo. El secretario general asistió como miembro del grupo de personalidades internacionales que buscaban una mediación. Ésta fracasó y nuestro secretario general regresó calladito, evitando hacer cualquier tipo de declaraciones.

Para justificarse, Unasur certificó que no hubieron problemas en las elecciones del 19 de febrero, realizadas en Ecuador, valiéndose del expresidente Mujica (que se presta para todo) y los invitados a observarlas.

Mientras, la delegación de la OEA y buena parte del país, denunciaban varias irregularidades.

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