Turismo de sequía: los pueblos ahogados resucitan

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Foto por El Fosilmaniaco/CC 3.0 Unported
Edición ENCONTEXTO – Fuente: artículo de Silvia R. Pontevedra para El País

Dicen que la necesidad es la madre de la invención y ése parece ser el caso. Iniciativas públicas y privadas exploran un nuevo mercado, en enclaves históricos emergidos de los embalses secos.

Puertomarín, oficialmente; y, en gallego, Portomarín, es una localidad y municipio español, situado en la provincia de Lugo, en la Comunidad Autónoma de Galicia.

La villa de Portomarín nació y creció al lado de un puente romano, sobre el río Miño, reconstruido en la Edad Media, y del Camino de Santiago. El 18 de mayo de 1212, la Orden de San Juan otorgó fueros para su gobierno y administración a la localidad. ​Cuando en 1962 se construyó el embalse de Belesar, el pueblo se trasladó al vecino Monte do Cristo. Allí se reconstruyeron algunos de los edificios más importantes, tanto civiles como religiosos; especialmente la iglesia de San Nicolás, de estilo románico, levantada por la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, cuyas piedras fueron numeradas y ensambladas de nuevo en su actual emplazamiento.

En las temporadas en que baja el nivel del pantano, todavía son visibles los restos de las antiguas edificaciones, el malecón y el primitivo puente.

Además de ser conocido por su paisaje, Portomarín también tiene muy buen aguardiente, el cual ha recibido numerosos reconocimientos. El día de pascua se hace el aguardiente allí, en la plaza delante de la iglesia, en la “Festa do Augardente”.

En 2015, en la aprobación por la Unesco de la ampliación del Camino de Santiago en España a «Caminos de Santiago de Compostela: Camino francés y Caminos del Norte de España», España envió como documentación un «Inventario Retrospectivo – Elementos Asociados» (Retrospective Inventory – Associated Components), en el que en el n.º 695 figura Portomarín, con la delimitación de un entorno de elementos asociados.

El mapa de Portomarín es un engaño; se mire por donde se mire. Si uno entra en Google Maps verá una gran masa de agua, el embalse de Belesar, que extiende sus brazos como un dragón despanzurrado. Pero si hoy pasase un satélite a tomar una instantánea desde el cielo, retrataría un escuálido Miño, que atraviesa un valle pintado de un verde deslumbrante. El antiguo pueblo lucense, ahogado en 1963, lleva tanto tiempo al sol, más de 10 meses, que de la tierra cuarteada ha brotado hierba. Porque, pese a la alerta por sequía, esto sigue siendo Galicia y aquí la vegetación parece tener memoria histórica. Y repartidas entre las dos orillas del río sediento, se ven las ruinas del viejo pueblo espectral, que han salido a saludar. Incluidos los restos del camposanto de Loio, que aún conserva varias filas de nichos intactos.

He aquí una meta del nuevo turismo de sequía que empiezan a vislumbrar Ayuntamientos y empresas del sector, en diversos lugares de España: el regreso de la especie humana, en tiempos de cambio climático, a los paisajes de los que fue arrancada en el esplendor de la política de pantanos.

Y mientras el alcalde popular de Portomarín ha decidido revitalizar el cauce seco, señalizando los esqueléticos barrios, el socialista de Mansilla de la Sierra (La Rioja), ha recuperado la antigua romería de mayo, que festejaban los vecinos en el gran pueblo que acabó anegado en 1959. Los antaño moradores de Peñarrubia (Málaga), desalojados en 1972, han vuelto en octubre para inaugurar una ermita y refundar el espíritu del municipio borrado del mapa y ahora emergido de las aguas del embalse de Guadalteba. Y la empresa conquense Multiaventura Buendía ultima un “producto turístico” de rutas en todoterreno, por el Real Sitio de la Isabela, que mandó edificar Fernando VII para tratar su gota. Las visitas incluirán una aplicación para tabletas con un recorrido gráfico por el pasado de este palaciego conjunto, adornado con fuentes, que acabó sumergido a finales de los años 50 y que, actualmente, vuelve a estar al aire, porque el embalse sólo alcanza el 9% de su capacidad.

Portomarín, con su elegante malecón, sus casas tradicionales, sus molinos, sus palomares, su puente romano, su palco de la música, su capilla de la virgen de As Neves y sus dos iglesias del siglo XII, era desde 1946, Conjunto Histórico Artístico, pero eso no pesó gran cosa frente a la idea de progreso. Sus habitantes fueron reubicados en un alto, el nuevo Portomarín (1.528 habitantes), que construyó la hidroeléctrica Fenosa y, desde entonces, tuvieron muchas ocasiones de ver aflorar la vieja villa. Pero, ahora el nivel del embalse de Belesar se mantiene bajo mínimos mucho más tiempo. En enero de este año era perfectamente transitable el lecho amojamado del pantano, y pasado Difuntos, el agua sigue ausente, porque aquí apenas ha llovido.

De momento, la lluvia de este fin de semana no será capaz de cambiar el panorama. Nunca la temporada seca había llegado tan lejos. Y jamás se habían sentido tan desbordados los hosteleros, en Portomarín, acostumbrados de siempre a las avalanchas peregrinas del verano, porque la localidad fue encomienda de la Orden de Malta y sigue siendo hoy etapa clave del Camino Francés a Santiago.

El alcalde, Juan Serrano, no duda de que “el clima está cambiando”. “En el futuro, los pueblos ricos no serán los que tengan petróleo, sino los que tengan agua, que es irreemplazable y da la vida”.

Y mientras considera “una cuenta pendiente” retirarle a la principal plaza del Portomarín nuevo, el nombre de “Conde de Fenosa”, se le ha ocurrido resucitar los restos mortales del viejo enclave emergido, instalando en sus calles, fotos antiguas y paneles explicativos, con códigos QR para ampliar información.

Desde que el viejo Portomarín quedó sepultado por el silencio del agua, “varios vecinos se suicidaron, tirándose al embalse desde el puente”. La propia abuela del alcalde, cuando era muy mayor y ya veía que se le escapaba la vida, pedía a la familia: “Quiero irme a mi casa”. No hablaba de ninguna de esas viviendas en serie, con soportales y sin alma, que levantó la hidroeléctrica arriba, en el Monte do Cristo, sino de su hogar, sumergido por una crecida que se prolongó varios años. Durante el llenado, fueron numeradas y trasladadas al nuevo asentamiento las piedras de la iglesia fortaleza de San Xoán (o San Nicolás), Monumento Histórico Artístico desde 1931, y parte de las del templo románico de San Pedro. También la capilla de As Neves y un arco del grandioso puente romano, que ya había sido partido en dos por la ira guerrera de doña Urraca, en su lucha contra su segundo esposo, Alfonso el Batallador.

El resto quedó abajo, salvo lo que fueron rescatando en sus idas y venidas los vecinos desalojados. “Al final, para que no siguieran yendo, la empresa dinamitó sus casas“, cuenta Juan Serrano. “Si no lo hubiera hecho hoy, se conservarían mucho mejor”. El edificio de la vieja Fábrica de la Luz, un gran molino de agua que daba electricidad a la villa, sigue en pie, soportando año tras año, las subidas y bajadas de nivel. Ahora está lleno de visitantes armados con cámaras, un reguero de curiosos llegados de todas partes al viejo pueblo peregrino. Está tan deshidratado el firme, que hay gente que hace el recorrido completo, montada en el coche; y una casa de turismo rural, Santa Mariña, pasea a sus clientes en bugui.

En lo alto de la ladera, el club náutico permanece en dique seco, los deportes acuáticos han caído en el olvido y aquí lo que la gente quiere es tomarse algo.

Otro tanto sucede en el embalse de Buendía. “Tenemos un barco velero y no lo hemos podido echar al agua”, comenta Rubén Martínez, responsable de la oficina de turismo de Sacedón (Guadalajara) y gerente de la empresa “multiaventura”, que comparte nombre con el pantano. “Aquí se vivía mucho del turismo por los embalses, pero claro, ahora están bajo mínimos y hay que reinventarse”, reconoce. “¿Que si viene gente? Esto es exagerado; no, lo siguiente”, dice José Manuel Ballesteros, alcalde de Mansilla de la Sierra. El gobernante riojano asegura que los fines de semana y los festivos se llegan a juntar a la vez “hasta 300 coches” de foráneos, que quieren visitar los restos momificados de aquel próspero pueblo, “con un montón de puentes”, que era cabecera de comarca y estaba construido íntegramente en piedra en las riberas del Najerilla. Aún se pueden ver varias de sus casas y la iglesia que, cuenta el regidor, fue expoliada y quemada “para someter a los vecinos”, que se resistían a que su templo acabase bajo el agua. Mansilla llegó a tener 700 habitantes; hoy no llega a 70. El alcalde no recuerda sequías tan prolongadas: “El pantano siempre se llenaba, pero el año pasado y éste, no. Pensábamos que el cambio climático iba a ser una mentira, pero ahora… creo que es verdad.

Yo antes veía a Maldonado en la tele diciendo que llovía en Galicia y sabía que a la mañana siguiente los vientos traerían la borrasca aquí, era algo automático. Pero ahora llevamos dos años prácticamente sin lluvia”.

Con 1.300 presas, España es el quinto país del mundo (por detrás de China, Estados Unidos, Japón e India) y el primero de Europa en agua embalsada. Y entre el medio millar de localidades sumergidas, existen verdaderas reliquias, que ahora se dejan ver cada vez más, como los capiteles labrados de la iglesia románica de Santa Eugenia de Cenera de Zalima, que han salido a flote en el embalse palentino de Aguilar de Campo; o el templo de Sant Romà en el embalse de Sau (Barcelona); la parroquia de Mediano, en Huesca; o San Roque de Villanueva, la llamada “catedral de los peces” en el pantano del Ebro –entre Cantabria y Burgos-, que cuenta con una pasarela de madera para visitarla.

En el embalse de Aguilar, además, emerge hasta secarse por completo, el puente medieval de Villanueva del Río y en Úbeda (Jaén) se puede caminar bajo cuatro de los cinco arcos del puente Ariza, en la presa de Giribaile, que afloró por primera vez en 2010 y ahora está seco. Esta obra renacentista de Andrés de Vandelvira “atrae sobre todo a expertos”, que se acercan a estudiarlo, comenta Rocío San Juan, funcionaria municipal de turismo. Los vecinos de Peñarrubia, un ayuntamiento malagueño tragado por el agua, también dejaron atrás su iglesia, sus casas, su cuartel de la Guardia Civil, su cementerio y hasta su vía del tren cuando la localidad acabó sumergida a principios de los 70. A principios de octubre, regresaron varios cientos en busca de sus raíces, para celebrar la romería de la Virgen del Rosario e inaugurar una ermita.

“La pagaron entre todos”, cuenta Cristóbal Miguel Corral (IU), alcalde de Teba, uno de los municipios colindantes que dan comida y techo a las numerosas almas vivas que visitan el pueblo fantasma.

Ahora que todo está seco, hay que verlo como un recurso

  1. R. P.

No debe de haber muchos casos de empresarios que logran un título nobiliario con el nombre de su negocio. El conde de Fenosa (Fuerzas Eléctricas del Noroeste, SA), Pedro Barrié de la Maza, fue un hombre afortunado hasta el extremo de que, siendo rico, ganó 180 millones de pesetas en 1958, por unos boletos de Lotería de Navidad, comprados en El Gato Negro de A Coruña. Unas cuantas décadas antes, durante la Guerra Civil, el industrial se había convertido en uno de los financieros imprescindibles del régimen, y en 1938, encabezó con un gobernador civil, el polémico proceso de donación del pazo de Meirás a Franco. Galicia estaba a sus pies, y bajo sus pies, el agua engulló Portomarín. La vida sigue y desde hace una década, la Fundación Barrié ha invertido más de seis millones en la restauración del Pórtico de la Gloria en la Catedral de Santiago, mientras en el edificio de enfrente, el Ayuntamiento, el gobierno municipal reclama, por vía judicial, dos estatuas del antiguo atrio románico de la basílica que están en poder de la familia del dictador.

“Es mucho lo que perdimos bajo el pantano, era un pueblo espectacular“, lamenta el alcalde de Portomarín, al que no le hace gracia que la gran plaza del pueblo lleve el nombre del conde. “Los que no tenían nada, salieron de la negociación con una casa digna, todo hay que decirlo; pero otra gente no estaba de acuerdo y le plantó cara a la compañía”, asegura.

“Sin embargo, ahora que todo está seco hay que ver esto como un recurso y hay que mimarlo”, comenta sobre las ruinas que afloran del cauce.

Un proyecto municipal ha recuperado la memoria inundada con una web (www.portomarinvirtual.es), que recoge infinidad de fotos del viejo pueblo, de su desmantelamiento y del proceso de llenado. Algunas de estas imágenes ilustran los paneles informativos entre las ruinas, de los dos barrios que conformaban Portomarín, el de San Xoán y el de San Pedro, a la otra orilla del Miño. Cuando fueron desmontadas sus iglesias, abajo se habilitó un gran barracón sobre pilares, como un hórreo gigante, para las misas. Hoy, en el cauce seco se pueden ver los enormes pies del palafito, que sirvió de templo católico durante dos años. Los últimos que allí se casaron antes de que anegaran su pueblo, fueron Teresa Arias y Mario Mato, que siguen por aquí.

Habrá que hacerle seguimiento a esta iniciativa, que convierte una tragedia, algo negativo, en una opción de turismo casi arqueológico, que beneficiará en varias formas, a la ciudad y sus habitantes.

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